Autor: Ricardo Acostarana
Marcos escucha a su madre discutir con el padrastro de turno y corre hasta esa esquina del cuarto. Se mete entre los dos y le grita al hombre que se vaya. Lo mira fijo. Lo señala con el dedo. El hombre no responde y mira a la madre.
—Vete, asere, porque si no la próxima puñalada del barrio tendrá tu nombre y tu sangre.
María nació en Santiago de Cuba y la trajeron muy pequeña para La Habana. Su madre murió cuando ella tenía dieciséis años. Hoy cree tener un poco más de treinta. Tampoco es que le importe. A Marcos lo rayaron Zarabanda en Palo Mayombe antes de alcanzar su primera década de vida.
El padre de uno de los niños —el real, el biológico, el que puso el semen— hizo un negocio y vendió una casa. Luego compró otra y le dio a María ese cuartucho en La Habana Vieja.
Marcos, Marina y Miguel son tres chamas que toda la calle Inquisidor conoce. Marina tiene tres años. Miguel es unos meses mayor que su hermano. Apenas se les ha visto separados.
Juntos jugando en las escaleras.
Juntos buscando mandados.
Juntos yendo a casa de los que han sido sus padrastros para pedirles dinero —lo que sea— por su mamá.
Juntos hasta que a Marcos lo pasaron para una escuela de conducta.
Marcos es agresivo. Su agresividad es recurrente. Aquella tarde, antes de que sonara el timbre de salida, le metió la punta del lápiz a un niño del aula. Marcos no sabe leer ni escribir. Solo su nombre. Dice que es fácil porque es el suyo. Parece llevar la marca del talego o la muerte.
La madre vende cigarros, cosas de aseo y de limpieza. Lo que aparezca. Los niños caminan el barrio para trapichear lo que ella les ponga en las manos. A veces Marcos sube los precios. Entiende que hay que buscarse la vida. Sin hacer daño a sus hermanos. Ni a su madre.
Una noche la esposa de uno de sus maridos fue a buscar a María para caerle a golpes. A galleta limpia. Un vecino tocó la puerta. Marcos dijo que su madre no podía salir, que había una mujer abajo esperándola para matarla.
María ahorra cualquier menudo. Necesita sobornar a un funcionario que devuelva a Marcos a una escuela normal.
—Da igual que no se porte bien. Pero que esté en el barrio con sus hermanos.
De todas formas, Marcos casi no asiste a clases. La guagua de la escuela de conducta pasa muy lejos de su casa. Y casi nunca pasa. En la escuela normal podría escaparse del aula, esconderse, fugarse.
Marcos es un chama de diez años. Maldito y con cara de ángel. Un angelito mayombe de la calle Inquisidor. No tiene mal aspecto ni está sucio. Pero si dejas un billete de cincuenta encima de la mesa, no lo vuelves a ver. Lo saben los que han sido víctimas de su supervivencia. Creen que Marcos no tiene remedio.
Es el mismo Marcos que ayuda de gratis a la gente del solar. El que carga cubos, el que los deja pasar para que cojan agua de su tanque. El mismo que ya imagina lo que es el químico porque una vecina que se sienta en la entrada del edificio tiene para todo el barrio.
Marcos aprendió a robarse la wifi de al lado para que María se conecte. Ella usa un teléfono robado que le dio uno de sus maridos. Marcos entra a veces a casa de un viejo del solar para escucharlo. Observa todo. Si la jaba del pan está vacía, sale y al rato regresa con la bolsa llena.
Una tarde llegó el hombre del gas a cobrar la mensualidad. Marcos le abrió la puerta.
—¿Qué tú quieres que yo haga? No tengo dinero —le dijo María al hijo.
Nadie sabe cómo Marcos resolvió para que se fuera sin cobrar. Pero el tipo se fue. Sin un peso.
Hace poco el barrio amaneció a oscuras y Marcos despertó a su madre diciéndole que había llegado Trump. El viejo escuchó decir que ahora sí hay bloqueo. Que a los canadienses los están mandando para Toronto. Que no va a entrar más ningún yuma.
Marina tiene un jardín de padres que en realidad son padrastros: el que la cargó al nacer, el que la mantiene, el que no estará más. Hombres extraños que entran y salen de su vida y de la cama de su madre. El padre de Marina estuvo preso por apuñalar a su mujer anterior.
Miguel dice que es cristiano, aunque no sabe explicarse. No conoce esas palabras. Pero le gusta la escuela. Solo no se le ve junto a los hermanos cuando van a una fiesta religiosa. Todo su país cabe en aquel cuarto de solar.